Mirando en la tele y leyendo las
noticias de las visitas del Papa a México y a Cuba, no pude menos que reflexionar
sobre el estado de la Iglesia
actual. El resultado de la reflexión no fueron más que incógnitas, planteos que
me hago y que le hago a la
Iglesia, a la que orgullosamente pertenezco.
Recordé lo que contaba Susana, una
de nuestras hermanas en la fe, que viajó a Roma en ocasión de la beatificación
de Juan Pablo II. Se sorprendió porque las calles, con millones de fieles de
todo el mundo, contrastaban con las grandes Basílicas desiertas durante las
misas.
Sabemos que México es el segundo país
del mundo en cantidad de católicos (75 millones), por eso no nos sorprende la
alegría con que fue recibido Benedicto XVI. Pero en Cuba, la religión fue prácticamente
prohibida por mucho tiempo y abundan infinidad de cultos esotéricos y supersticiosos.
¿A qué se debe que la gente se agolpara para aclamar al Papa más acusado de
reaccionario que todos sus antecesores?
Ese fenómeno, que sucede en Roma, en
México y en Cuba, podemos observarlo en nuestro país. Pocos son los bautizados
que reciben otros sacramentos (el del matrimonio, casi olvidado), menos los que
concurren habitualmente a misa, y muy poquitos los que se involucran en su
Parroquia, que “militan”. Sin embargo millones de personas se movilizan en las
peregrinaciones y miles participan de las procesiones de las Parroquias.
¿Será que el templo ha dejado de ser
el centro de culto y que el encontrarse con el otro, con el prójimo, en la búsqueda
común de lo sagrado, ha pasado a ser la forma de ver el rostro del Dios
invisible?
Los signos que recibimos nos hacen
pensar que la fe y lo sagrado no han muerto. Y quizás tampoco ha muerto la religión: en el corazón del hombre persiste la
necesidad de “religarse” con Dios, de reencontrarse con el paraíso perdido
¿Será que también necesita religarse
con su Iglesia? Los fieles más simples no necesitan teologías ni etimologías para
saber que iglesia significa “asamblea” y que no hay Iglesia sin pueblo.
Ese pueblo necesitado de llegar a
Dios, ha comprendido también la etimología de “pontífice”: el que hace puentes y el sentir al papa puente entre Dios y
el hombre, puede más que toda la propaganda adversa que se le ha hecho. ¿Qué
dicen ahora los que se llenan la boca hablando de hacer la voluntad del pueblo?
El concilio Vaticano II dio un gran
paso en acercar el pueblo a la
Iglesia o, mejor dicho, lograr que la iglesia sea pueblo. Para
algunos fue pequeño ese paso, para otros fue poner a la Iglesia al borde del
abismo.
A veces pienso que la importancia de
la renovación de los ritos hizo que nos estancáramos en ellos. Quizás haya que
retroceder un poco y avanzar otro poco, buscando la dirección correcta.
Como ejemplo pongo la modificación
en la celebración de la misa. Fui uno de los que celebré que el sacerdote
dejara la postura Ad Orientem o Ad Deum o Versus Absidem (de espaldas a los fieles) y se asumiera la
de
Versus Populom (de frente a los fieles).
Tarde supe que no había sido eliminada la forma anterior, sino que podían
convivir ambas.
Acaso el pueblo haya descubierto que
los sacerdotes muchas veces han creído hacer las veces de Dios. Tal vez los
fieles necesiten más al sacerdote que se pone con ellos, frente a Dios para
rogarle, alabarlo y a agradecerle, que el que se cree del lado de Dios.
¿Será conveniente mezclar un poco el
rito, para que el sacerdote se ponga de cara al pueblo sólo en el momento de la
consagración, cuando realmente asume el rol de Cristo (o cuando Cristo lo
utiliza como herramienta)?
Este “reaccionario” Papa ya lo dijo en
su libro “El Espíritu de la
Liturgia” cuando no era más que el cardinal Joseph Ratzinger:
“Considero absurdas las innovaciones que ponen a un lado la cruz para
liberar la vista de los fieles al sacerdote ¿Será que la Cruz incomoda? ¿Será que el
sacerdote es más importante que el Señor? Este error debería ser corregido lo más
deprisa posible. El Señor es el punto de referencia. Es el sol naciente de la
historia…el sacerdote”
Ahora, hasta se ha llevado el sagrario a un
lado o a otra nave, para que no distraiga a los fieles. Y algunos sacerdotes prefieren acortar la
lectura de la Palabra
antes que abreviar su homilía.
Pero el pueblo sigue siendo Iglesia
y descubre al buen pastor.
Considero que los sacerdotes siguen siendo
necesarios, pero que los fieles necesitan a consagrados que caminen junto a ellos. Muchos deberán cambiar el rumbo, para que el pueblo no
los “puentee” y, como en el caso de México y Cuba, vaya directo al puente, sin pasar por ellos.